Dr. Fernando Itza - Médico Estomatólogo y M.B.A (España)
El término de inteligencia emocional se refiere a la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos, los sentimientos de los demás, motivarnos y manejar adecuadamente las relaciones que mantenemos con las otras personas y con nosotros mismos.
Este concepto, pues, engloba habilidades muy distintas a la inteligencia académica, la capacidad exclusivamente cognitiva medida por el cociente intelectual. En este sentido, hay personas que son cognitivamente muy inteligentes pero que, al adolecer de inteligencia emocional, terminan trabajando para otros con cocientes intelectuales inferiores pero que poseen una inteligencia emocional superior a la suya.
Por ejemplo, todos nosotros podemos recordar algún caso de compañero brillante en el colegio y en la universidad, que posteriormente fracasó en su vida personal y profesional.
Este concepto de inteligencia emocional ha sido ampliamente divulgado por Daniel Goleman a través de sus ya famosos escritos. No obstante, fueron otros psicólogos Peter Salovey, de la Universidad de Yale,y John Mayer, que hoy en día trabaja que en la Universidad de New Hampshire quienes acuñaron en mil novecientos noventa una teoría que tenía en cuenta la inteligencia emocional; en los años ochenta, el psicólogo israelí Rubén Bar-On, creó otro modelo que adelantaba el concepto de inteligencia emocional y, en los últimos años, son varios los teóricos que han presentado variaciones sobre el mismo tema.
Al contrario que en el coeficiente de inteligencia, la inteligencia emocional no está determinada genéticamente y tampoco se desarrolla exclusivamente en nuestra infancia. Así pues, no debemos preocuparnos ya que tendremos el tiempo necesario a lo largo de nuestra vida para desarrollar dicha inteligencia.
De hecho, los estudios que han tratado de rastrear el proceso evolutivo de la inteligencia emocional a lo largo de los años parecen señalar que las personas desarrollan progresivamente mejor este tipo de aptitudes en la medida en que se vuelven más capaces de manejar sus propias emociones e impulsos, de motivarse a si mismos y de perfeccionar su empatía y sus habilidades sociales.
Todo lo expuesto sería lo que en época de nuestros padres y años posteriores se denominaba madurez.
Como empresarios autónomos precisaremos una serie de cualidades para el desarrollo adecuado de nuestras actividades. La capacidad de escuchar debe ser una constante en nuestro trato habitual con los pacientes, ya que nos evitará malos entendidos, equivocaciones diagnósticas y nos permitirá conocer con profundidad las auténticas demandas de nuestros pacientes.
Un ejemplo sería, no escuchar las preferencias de color para una prótesis por parte del paciente, que nos llevarían posteriormente a devolver el trabajo al protésico con toda consiguiente pérdida de tiempo, así como la mala percepción del servicio por parte del usuario.
Otra habilidad sería la adaptabilidad y capacidad de dar respuesta ante posibles dificultades y efectos secundarios de nuestros tratamientos. Nunca debemos dar la sensación de pérdida de control de lo que estamos realizando, pues genera angustia y desconfianza al enfermo.
El tranquilizar a través de argumentos persuasivos y bien explicados dará como resultado poder llevar el tratamiento a feliz término y sin contratiempos. Habremos demostrado confianza en nosotros mismos y el paciente lo percibirá de forma positiva.
La cooperación y la capacidad de trabajar en equipo son claros ejemplos de habilidades indispensables para llevar a cabo nuestro trabajo de forma fluida, sin que se note interferencia alguna exterior. Esto supone un menor desgaste emocional para los miembros del equipo y un crecimiento en las relaciones interpersonales.
Debemos esforzarnos por mejorar o satisfacer un determinado criterio de excelencia en todas las actividades que desarrollamos en nuestra clínica. Por ejemplo, los protocolos de esterilización deben seguirse de forma escrupulosa tanto por parte del profesional como del personal auxiliar. Otro ejemplo, tener como objetivo prioritario que los pacientes no esperen más de un cuarto de hora, y si no fuera así debemos advertírselo a su llegada.
Los pacientes tienen muy en cuenta la simpatía y amabilidad del profesional, así como el nivel de optimismo con que el profesional lleva a cabo sus actuaciones. Debemos mostrar iniciativas claras, por su prontitud, cuando se presenten problemas derivados de nuestros tratamientos,ofreciendo alternativas con una visión optimista. Sin dar sensación de incapacidad y explicando que los contratiempos son habituales en las ciencias médicas.
Cuando nos encontremos valorando un posible tratamiento o sus alternativas la confianza en nosotros mismos debe ser patente. El paciente aumentará su confianza y tendremos más posibilidades de que el tratamiento ofertado sea elegido.
La flexibilidad debe ser moneda común tanto para el trabajo en equipo como para nuestras relaciones con los pacientes. Ello derivará en una mejor integración entre la relación personal y el trabajo a realizar.
Debemos tratar de involucrar al paciente en todas estas habilidades aprovechando lo que decía Francis Bacon: “las conductas, como las enfermedades, se contagian unas a otras”.